Empecemos por el final. Lo visité pocos días antes de su muerte en su departamento de la Calle del Paraíso. Me ofreció un trago fuerte a las once de la mañana de ese invierno del '84. Hablamos por primera vez como amigos. Por primera vez vencí él temor reverencial que me impedía acercarme a él por los caminos del sencillo afecto.Hablamos de su compañera canadiense Carol Dunlop, que había muerto dos años antes, la expedicionaria que lo acompañó en su viaje de un mes por la Autopista del Sur. Con esa sinceridad adolescente que por lo visto no perdió nunca me dijo "¡Qué suerte que pudimos hacer ese viaje!". Nos habíamos visto muchas veces antes, ¡pero nunca en su casa con un vaso de whisky en la mano a esa hora temprana!Lo veo ahora frente a la Embajada argentina en París, en esa manifestación que se mantuvo durante seis años, todos los jueves, invierno y verano, en solidaridad con las Madres de Plaza de Mayo. Recuerdo esa voz inconfundible, esos ojos inmensos, su porte prominente, esa presencia fuerte y a un tiempo calma.
Su bondad y su paciente comprensión para los que todo habían perdido -en primer lugar los familiares exiliados de desaparecidos- y que en medio de la tragedia colectiva se aferraban a su brazo como el náufrago a un leño. Él sabía que eso podía ser un consuelo y prodigaba su paciencia y su ternura varonil."Julio, ¿cómo se hace un habeas corpus?" "Pero mi querida -decía acariciando una cabeza blanca-pregúntele eso a los abogados -y señalaba a más de uno de los presentes frente a la embajada- que saben más que yo." "Qué patético tu cuento en el que alguien que se duerme con la anestesia en el quirófano se despierta en la sala de torturas. Sólo la ficción puede tanto." A lo que respondía con un suave rechazo. "Quién sabe si no ocurrió en la realidad..."Empezaba 1981, la dictadura parecía eterna, aún faltaba más de un año para el desastre de las Malvinas. Y el exilio argentino organizó la manifestación de solidaridad, denuncia y reflexión más importante de aquel entonces, el Coloquio de París al que Julio daría un lema definitivo con el título de su intervención Negación del olvido. Allí habló del círculo que los militares argentinos añadieron al Infierno de Dante, de la necesidad, en ese momento intenso de la reu- nión en el Senado de Francia, de sentir presentes a los desaparecidos, de compartir algo de su vida, sus sueños, su caminar por el mundo y no sólo la información institucional sobre lo ocurrido. Estaba abriendo las puertas de la memoria, junto a la verdad y la justicia.Retrocedo en el tiempo: Roma 1976. En los prolegómenos del golpe de Estado se reúne el Tribunal Russell II sobre América Latina. Julio está entre los jurados. Me toca denunciar tempranamente el Plan Cóndor.
Historias que a veces despertaban el escepticismo de nuestros interlocutores y que hoy son tema corriente de causas judiciales por crímenes de lesa humanidad.Ya en otros tiempos había leído yo a Julio con pasión (no conozco la indiferencia frente a su vida y su obra, sí la admiración o el rechazo). Pero no volví a leerlo en los años del exilio. No creo por entonces haber hablado con él de literatura.Cuando los agentes de inteligencia de la dictadura militar Luis Martínez, Rubén Búfano y Leandro Sánchez Reisse fueron encarcelados en Ginebra, acusados de haber intentado cobrar el rescate por el secuestro de un banquero -en el auto en que los detiene la policía suiza se encuentra entre otras cosas las sábanas robadas del hotel en el que habían pernoctado- le escriben a Julio, piden su intervención, y le prometen noticias sobre el destino de Haroldo Conti. Julio me entrega las cartas. Después de innumerables gestiones se revelarían como un espejismo más.Una paradoja cortazariana de luz y sombra tuvo que marcar para mí su último día. Yo había estado nadando en la pileta del estadio municipal de Fontenay sous Bois, un suburbio de París en que residía con mi mujer y mis hijos durante la última parte de nuestro exilio. En un momento había salido de la pileta y advertí de pronto un cuerpo que descendía lentamente sin moverse hacia el fondo de la pileta en la parte más profunda. Miré en derredor buscando al bañero. No aparecía por ningún lado en medio del chapoteo y los gritos y risas de los bañistas, en su mayoría niños y jóvenes Me tiré a la piscina y lo saqué de los cabellos. Había llegado al fondo o casi al fondo. De inmediato aparecieron los bañeros y el chico todavía inconsciente comenzó a vomitar agua. Al poco rato vino el helicóptero y se lo llevaron. Nunca sabría ese muchachito quien le salvó la vida.Debo haber estado ese mismo día con Julio por última vez. Le llevé diarios argentinos y el New York Times a la pieza del hospital. Lo atendía igual que a mí un doctor Modigliani. Le pregunté si sería pariente del pintor. "Jamás selo preguntaría", dijo Julio con un tono de reconvención (probablemente el rechazo de atribuir importancia a la fama). Habló un poco de la Argentina, que acababa de visitar -al cabo de los años lo recuerdo como un grito silencioso- y donde sólo lo habían recibido los amigos, no el flamante presidente Alfonsín. Al rato llegó Aurora Bernárdez y me retiré.Supe que poco después había muerto. En su departamento me crucé con Juan Gelman.
En el cementerio de Montparnasse en medio del viento frío, con Miguel Ángel Estrella. Soplaban las austeras ráfagas de la libertad y la democracia.Como otros inevitables escritores Julio Cortázar nos invita a mirar este mundo e imaginar otros mundos desde unos anchos ventanales abiertos a la perspectiva del todo y al mismo tiempo a la acción. Tanto como lo que narra importan las claves que nos ofrece para que tratemos de descifrar a nuestra manera el vasto libro del mundo con nuestra propia lectura. Sabíamos que su apoyo a las revoluciones no llevaba a aceptar ortodoxias estéticas, políticas o filosóficas de ningún tipo. Que su búsqueda era revolucionar la vida cotidiana, la moral personal y la estética y no sólo la política y la economía. Al mismo tiempo sabemos que era perfectamente consciente de aquello que teníamos por delante -montañas de egoísmo, poder insolente y privilegios-y por eso sentía que no hay salvación individual y ante tanto cinismo intelectual y tanta ironía despreciativa se comprometió con la acción colectiva.Hubiera podido ser su amigo con menos temor reverencial.
Por Rodolfo Mattarollo (Consultor de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación)Fuente: Miradas al SurMás información: www.miradasalsur.com
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El riesgo, inclusive, de la ilegibilidad: después de Rayuela (a partir de uno de sus capítulos, el 62), se pone a escribir un libro absolutamente distinto. Tan distinto, que hasta el día de hoy es el peor leído de Cortázar: 62 Modelo para armar, su novela menos frecuentada, tal vez la más audaz y experimental, la que viene después de Rayuela, cuya aura había arrastrado consigo los libros anteriores: Bestiario, Final del juego, Las armas secretas. Tuvo, para mí, numerosas virtudes como escritor, y quizás la mayor de ellas fue esa búsqueda incesante de nuevas formas, de nuevos caminos. Como si su mandato interior hubiera sido seguir trabajando siempre, no quedarse con la facilidad, no repetirse, no solazarse en su propia retórica. Muchos escritores del llamado boom continuaron, cómodamente, escribiendo cosas iguales o peores. Cortázar, en cambio, fue, hasta el final, un perseguidor. Este es, acaso, uno de los secretos de su permanencia.Por Mario Goloboff (Escritor y docente universitario. Biógrafo de Cortázar.)Fuente: Página 12Más información: www.página12.com.ar
3 comentarios:
Gracias...
Hola. Hace unos meses leí en un artículo en Clarín, un relato corto INEDITO de Cortazar en el que discurría sobre la sensación que las cosas se le venían encima, así el cigarrillo hacia su boca, el abrigo hacia sus hombros, el colectivo se le acercaba e intentaba absorberlo y así todas las cosas. NO PUEDO ENCONTRARLO y necesito releerlo, LO TENDRÁN para mandármelo por mail
Virginia... me encantaría ayudarte, pero no conozco ese relato... me suena a algún cuento del libro Historias de Cronopios... pero no lo he leído
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